"Gritaré por este crimen hasta 15 minutos después de muerto". José Manuel Santos.


Santiago, 15 de septiembre de 2007.-

El antiguo arzobispo de Concepción, don José Manuel Santos Ascarza, falleció el viernes 14 de septiembre de 2007, a las 21:25 horas. Supongo que hasta las 21:40 de esa misma noche habrá estado gritando por el crimen de la Vega Monumental, ocurrido el 23 de agosto de 1984, cuando la CNI asesinó a mansalva a Nelson Herrera y Mario Lagos. Es que don José Manuel era un hombre de palabra y él había dicho textualmente: “Gritaré por este crimen hasta 15 minutos después de muerto”. Soy testigo presencial de esa afirmación. Así que no sólo supongo sino que estoy cierto de que así lo ha hecho.

Don José Manuel estuvo sólo cinco años en Concepción, de 1983 a 1988. Los últimos años de su ejercicio como obispo diocesano. Desde 1955 había sido obispo de Valdivia. Al llegar a Concepción se encontró con Alejandro Goic como su obispo auxiliar, con quien conformó un equipo pastoral de notable eficacia y entrañable amistad. También yo tuve el privilegio de ser su vicario hasta 1987 y debo decir que conservo de don José Manuel tan sólo recuerdos de cariño, gratitud y admiración. Cuando cumplió 50 años de sacerdocio en 2005, y por razones de trabajo en mi Congregación no pude acompañarlo, le escribí: “Bien sabe que, junto a usted, en nuestra querida Iglesia de Concepción, viví momentos tan importantes como intensos de mi ministerio sacerdotal. En esos años, aprendí con tanto provecho de su sabiduría evangélica de pastor, fruto de su inalterable adhesión al Señor; disfruté muchísimo de su confianza y grata amistad y, en comunión con usted y el obispo Alejandro, pude servir modestamente a un pueblo tan necesitado de esperanza”. Me respondió de su puño y letra unas líneas llenas de afecto que aún conservo.

Don José Manuel nunca quiso ser obispo. Tenía 39 años de edad y ejercía como sacerdote diocesano en Valparaíso, cuando se le solicitó acceder al episcopado en la sede de Valdivia. “Me defendí como pude” –nos contaba en esas charlas informales que disfrutábamos junto a él con tanto interés y con tanto humor. Era un intelectual amante de la filosofía y de la espiritualidad y hubiese querido dedicarse totalmente a ello, pero era a la vez un hijo disciplinado de la Iglesia. Era muy autocrítico a la hora de analizar su desempeño episcopal, entendido como tarea de animación y organización pastoral diocesana; por lo que, según decía, había sufrido mucho en Valdivia. En Concepción fue distinto porque “allí me encontré con este hombre, Alejandro Goic, y él me enseñó a ser obispo” –nos confidenció riéndose de sí mismo y admirando a su obispo auxiliar.

Quienes trabajábamos cerca suyo pudimos calibrar su calidad de ser humano, sacerdote y obispo, que hizo de él un pastor providencial para la historia de la Iglesia en Chile y, particularmente en Concepción, durante el quinquenio en que fue su arzobispo. Quizás era cierto que sus cualidades no correspondían a las de un ejecutivo organizador, pero era visionario, y en su visión era coherente, y en su coherencia era valeroso, osado, audaz para defender hasta el fin lo que, a la luz de su fe, estimaba verdadero y justo. Por lo demás, sabía delegar responsabilidades y sabía confiar en sus colaboradores. Hay que decirlo: en esos años duros, este obispo visionario, este pastor que no sólo cuidaba sus ovejas sino que arriesgaba la vida por defenderlas, nos resultó indispensable. Por esto, hay que dar infinitas gracias a Dios.

El actual arzobispo de Concepción, don Ricardo Ezzati acaba de decir a propósito de su antecesor: “Monseñor fue varias presidente de la Conferencia Episcopal de Chile, en momentos muy difíciles, en los que tuvo que levantar su voz para defender los derechos de las personas y proclamar la verdad y decir con mucha fuerza cuáles eran los caminos de Dios y cuáles no, en un instante particularmente difícil para nuestra historia y nuestra patria”. La verdad con fuerza en instantes difíciles, según los caminos de Dios. Esto explica aquel grito suyo “hasta 15 minutos después de muerto”, signo claro de su talante hasta más allá de la muerte.

Se nos ha ido de esta historia terrena un hombre íntegro, un cristiano de excepción, un padre y amigo entrañable, un humanista genuino, uno de esos indispensables. Lo digo con mi convicción más profunda. Lo escribo con una emoción que no puedo ni quiero disimular. Gracias, don José Manuel.


Enrique Moreno Laval ss.cc.
--
Comentarios de este artículo en RSS